Un verano para perder el miedo al inglés

Imagine la siguiente situación. La semana que viene llegará a su ciudad un directivo de la sede de Alemania y usted tendrá que acompañarle en gran parte de la visita. El problema… Que él sólo habla alemán o inglés. Piense, ahora, en su currículum, en ese apartado donde usted escribió ‘inglés: nivel medio’. Seguramente, «le tiemblen las piernas», como bromea Juan Carlos Medina, director general de Pueblo Inglés, por donde han pasado 10.000 estudiantes desde 2001 con la intención de mejorar sus dotes en este idioma. «Es en este tipo de situaciones, en una reunión, en una cena con colegas de otros países o al coger una llamada de teléfono del extranjero, cuando se pasa francamente mal», prosigue. Para Medina, el problema reside en que llegamos a un nivel —»el equivalente a un B1 según el marco europeo de referencia de las lenguas»— en el que nos atascamos. «Ahí es cuando uno se convierte en el alumno eterno de inglés; alguien que sigue yendo a una academia o tiene un profesor particular pero eso no es ni mucho menos suficiente».

Para colmo de males, los españoles no hemos brillado, tradicionalmente, por nuestro dominio del inglés. Basta con echar un vistazo al último sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas al respecto de este tema, en el que seis de cada diez encuestados afirmaban que ni hablaba ni escribía en este idioma. Sin embargo, empeño existe. En este mismo barómetro, el 70% de los que en tonces estudiaba una lengua extranjera había escogido precisamente la de Shakespeare.

«Una de las razones es la necesidad de diferenciarse en un mercado laboral más competitivo, donde este punto supone un requisito imprescindible», expone Eduardo Rubio, director general de EF Education First en España. De hecho, en la compañía educativa que él dirige y que fue fundada en 1965 en Suecia, han observado una demanda muy creciente en el sector de estudiantes adultos —»actualmente representan el 20% del alumnado»—, sobre todo en la modalidad de las estancias de verano y programas de inmersión lingüística, que en este centro han experimentado un incremento del 20% de matrículas con respecto al año pasado.

Rubio, que señala que los destinos más populares para los cursos de corta duración son Inglaterra, Irlanda, Malta y Estados Unidos, explica cómo es el perfil de estos alumnos adultos: «Son jóvenes profesionales, de unos treinta y pocos años, que optan por unas vacaciones inteligentes que conjugan viajes, visitas culturales y actividades de ocio con el aprendizaje de un idioma». ¿Lo consiguen? En opinión del director de EF España «obviamente, cuanto mayor sea el tiempo de inmersión, mejores serán los resultados», aunque precisa que este tipo de escapadas son necesarias: «Nunca se llega a dominar un idioma sin entrar en contacto y comprender la cultura del país donde se habla».

Para los que no entre en sus planes coger un avión, alternativas como Pueblo Inglés son una opción muy interesante. Sus programas de ocho días —»en los que el alumno escucha y habla exclusivamente inglés de 9 de la mañana a 12 de la noche»— se desarrollan en enclaves de Salamanca, la sierra de Cazorla o la Costa Brava y lo que se absorbe en ellos equivale, según su director, Juan Carlos Medina, «a dos años de clases tradicionales en una academia». Del mismo modo que sucede en los cursos en el extranjero, el estudiante debe olvidarse por un momento de la parte más purista del idioma, de las clases interminables de gramática y centrarse en la comunicación. Medina lanza un último consejo para recordar que unas vacaciones en inglés no son el milagro definitivo: «No se puede hacer una guerra de guerrillas con pequeñas incursiones dilatadas en el tiempo. Como en muchas otras cosas, en la continuidad está el éxito».

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