La FP, en la pista de despegue

Con una población polarizada entre aquellos que tienen una formación baja o muy baja —al abandono escolar de los más jóvenes se suma la falta de escolarización de los mayores de 50 años— y aquellos otros que se incorporaron masivamente a la universidad en las últimas décadas, España carece de profesionales cualificados de un nivel medio. Ni siquiera el 20% de los mayores de 15 años que han cursado los estudios obligatorios —frente al 54,5% que luce Alemania y el 36,5% de Francia— tiene un título de educación secundaria. «Hay que duplicar el número de personas que estudian Bachillerato o Formación Profesional. Si no lo conseguimos en pocos años, no lograremos cambiar el modelo productivo y nuestras empresas no podrán competir, porque tienen un montón de trabajadores muy poco cualificados y sólo unos pocos muy cualificados. Necesitamos a muchos más que puedan esprintar», sostiene Oriol Homs, director de la Fundación CIREM (Centro de Iniciativas e Investigaciones Europeas en el Mediterráneo) y autor del estudio ‘La formación profesional en España’, editado por Obra Social La Caixa.

También Juan Mulet, director general de la Fundación Cotec para la Innovación Tecnológica, relaciona el problema de competitividad de la economía española con la falta de titulados de FP. En ellos se fijaba el último informe de la Fundación Cotec, editado en 2009, «por sus conocimientos y habilidades para la productividad de las empresas, para la fluida incorporación de las innovaciones y para dar soporte a la innovación en I+D».

En plena crisis, y sin tiempo para prórrogas que permitan aplazar la solución a los problemas más acuciantes, parece que la hora de la FP ha llegado. Además, se acumulan los datos que todavía hoy predican las buenas posibilidades de empleo de sus titulados. A ellos se dirige el 44% de las ofertas de trabajo que gestiona Randstad. Mientras que la firma de consultoría y formación Sanromán eleva hasta el 63% el porcentaje de estudiantes de FP que encuentran un empleo. «Según nuestros estudios, entre el 40 y el 45% de los técnicos de Formación Profesional se incorpora al mercado en los tres meses siguientes a la finalización de sus estudios. A corto plazo, sus expectativas son mejores que las de los universitarios, aunque a medio y largo plazo la evolución de éstos suele ser mejor. En cualquier caso, todo depende del título, y aquí los de FP demuestran que están más pegados a la realidad que los estudiantes universitarios, cuyo nivel de fracaso escolar, por abandono o cambio de carrera, está entre el 30 y el 35%», dice Fernando Martínez Gómez, director gerente de la Fundación Universidad-Empresa.

El próximo curso, la presencia de graduados en ciclos superiores de FP crecerá en las aulas universitarias. Eliminados los cupos de acceso —hasta un 30% en las carreras cortas y hasta un 7% en las largas—, competirán por las mismas plazas que los estudiantes de Bachillerato, con la diferencia de que ellos no tendrán que superar una prueba de acceso. La nota de su expediente académico bastará para abrirles las puertas de la universidad. Tras este cambio se encuentran tanto el deseo por prestigiar la FP como el interés por flexibilizar un sistema educativo que propicie la formación continua.

Con la medida, que ha causado revuelo en la comunidad universitaria, no se encuentra del todo de acuerdo Oriol Homs. «El objetivo de la FP no es allanar la entrada a la universidad, sino preparar para el ingreso en el mercado laboral. Los alumnos que se matriculan en ella pensando en la universidad creo que se equivocan», apunta Homs, para quien el problema español no radica tanto en la proporción de estudiantes que optan por el Bachillerato y los que se decantan por los estudios técnicos como en el fracaso escolar. En 2007, el 31% de los españoles de entre 18 y 24 años ni tenía el título de la ESO ni se estaba formando. Y los datos que aporta el informe ‘Los nuevos retos de la Formación Profesional’, de la consultora Sanromán, no son más tranquilizadores: de los 22 millones de personas que integran la población activa, la mitad no cuenta con ninguna acreditación de su cualificación profesional.

En Alemania, el sistema dual de los contratos juveniles ha permitido paliar las consecuencias del fracaso escolar al tiempo que mitigar los efectos de la crisis en el empleo de los jóvenes. En virtud de este contrato, los jóvenes que terminan su formación escolar acceden a la empresa como aprendices y, durante dos o tres años, compaginan trabajo con estudios en una escuela de formación profesional. «En España, introducir las prácticas en FP ha sido un éxito. Habría que desarrollarlas más. Compaginar trabajo y estudios es lo mejor para evitar el paro y mantener las pensiones», afirma Homs.

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