Cuando los despidos afectan a los que se quedan

«Y, ¿qué tal en tu empresa?». «Ni bien ni mal. Hemos tenido varios despidos, pero, lo más gracioso es que tengo más trabajo que nunca…». Esta hipotética conversación entre dos conocidos no le resultará tan extraña. Con certeza, la habrá oído en el último año en la cafetería donde desayuna, en el autobús o, incluso, puede que la haya protagonizado. Y es que no se trata de un caso aislado: las reducciones de plantilla, que han sumado cerca de 1,8 millones de personas a las filas del paro desde enero de 2008, también han dejado un sabor amargo entre los que se libraban del recorte. La frase «parece que tengo más trabajo que nunca» es una de las consecuencias más frecuentes.

Paco Muro, presidente de la consultora Otto Walter, sostiene que, sin embargo, esta sensación no es más que eso mismo, una sensación. «La impresión es ‘yo hago todo lo que puedo pero no luce, no cunde’. Por tanto es fácil interpretar eso como más carga de trabajo, pero no es así». Este experto en ‘management’ recuerda que cuando hay despidos es porque, entre otras cosas, ha bajado el nivel de trabajo y producción en la empresa.

¿Entonces, a qué se debe esta percepción compartida por muchos trabajadores? «En momentos de crisis todo se distorsiona», responde Muro, que también encuentra otra explicación relacionada con la calidad de la gestión de personas, «más bien de un nivel medio en nuestro país». «Esto provoca que muchas veces salgan cuatro personas del departamento y se queden 40, pero la mayoría lo hace desmoralizada. Lo que sucede al final es que ocho empleados se ‘comen’ el trabajo que antes hacían entre 44».

Para completar el escenario hay que sumar otra serie de sensaciones —desmotivación, incertidumbre, inestabilidad…—, que terminan por perfilar lo que el profesor de IESE José Ramón Pin define como «el síndrome del superviviente». Para explicar en qué consiste, el también director del centro de investigación de organizaciones IRCO, recurre al refranero español: «Es aquello de ‘cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar’. Se han quedado, sí, pero con la mosca detrás de la oreja».

Con estos mimbres, mantener la calidad en el trabajo diario se puede convertir en misión imposible. El profesor del IESE cree que el empleado valora, sobre muchos otros aspectos, el hecho de sentirse seguro dentro de la empresa. «La falta de un clima de seguridad puede ir en menoscabo de la excelencia en el puesto o, incluso, de la atención al cliente». Para Paco Muro, por el contrario, esta área no suele salir tan perjudicada después de un proceso de recortes: «La atención al cliente no se está resintiendo. De hecho, la empresa se vuelca con él, muchas veces, incluso, con la tentación de vender lo inadecuado». «El cliente que sí se ve afectado por este tipo de crisis —apostilla Muro— es el interno, es decir, el propio empleado».

La inestabilidad económica está cegando a muchos directivos, que apremian a sus equipos para conseguir resultados a corto plazo. «Es entonces cuando el trabajador se pregunta: ‘¿Cómo es posible que me pidas esto si se da de bruces con los valores de la compañía?’», apunta el presidente de Otto Walter y prosigue: «Las acciones que persiguen una cifra hacen que el directivo pierda la inteligencia. Además, el hambre y la ética se llevan muy mal». En concreto, esta presión lleva a muchos trabajadores a preocuparse por lo urgente, en vez de por lo importante.

Para concluir, Paco Muro tranquiliza a empleados y directivos: «Es inevitable que toda esta crisis, unida a la que a veces se genera dentro de la compañía, te afecte. ¿Cómo no va a afectar». Y aconseja a los primeros no dejarse arrastrar por la corriente negativa. «No lleva a ningún sitio estar dándole vueltas a lo mismo. Lo mejor es seguir remando».

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