Por Pedro Riera, socio de Seeliger y Conde The Amrop Hever Group

Antes de nada, conviene tener en cuenta un aspecto, aunque sea obvio y es que la tecnología siempre va más rápido que la capacidad que tienen las empresas de asimilarla. Asumido esto -y que las compañías más ágiles tendrán una ventaja competitiva-, en el mundo de la empresa y de la toma de decisiones nos encontramos, aunque suene exagerado, con un exceso de analfabetos tecnológicos. Y no depende precisamente de la edad del usuario.

La preocupación más acuciante es que hay muy pocas empresas que integran la tecnología en sus estrategias. Un ejemplo claro son las que venden productos de consumo y aún no tienen una herramienta de venta por Internet, ¿a qué esperan? Por el contrario otras decidieron que el sistema informático se diseñara en paralelo, incluso antes, que su estrategia de negocio. Bankinter, ING Direct o los outlet virtuales tipo Buyvip o Privalia no existirían si no hubieran hecho un uso intensivo de la tecnología. No es necesario llegar a estos extremos pero prácticamente cualquier compañía podría optimizar sus resultados si al diseñar su plan estratégico pusiera la tecnología al mismo nivel que otras áreas, como la financiera, marketing, desarrollo de producto… Un buen ejemplo son los sistemas de Business Intelligence. Esta herramienta de gestión puede ofrecer amplios beneficios si se integra de manera adecuada. También hay pequeñas acciones tecnológicas como los portales del empleado.

En cualquier caso suponen una inversión pero pensemos que gastamos hasta tres veces menos que en Estados Unidos. ¿Qué significa esto? Que todavía no nos lo creemos. No nos creemos que la tecnología nos pueda ayudar en el avance de nuestro negocio y, para rematar, a veces no lo entendemos. En definitiva, la mejor arma para combatir el reto tecnológico es un cambio cultural en la propia empresa, una nueva realidad en la que se integre el departamento tecnológico en el comité de dirección y deje de ser un mero ‘solucionador’ de problemas.