Estudios norteamericanos sitúan los problemas económicos como una de las principales causas del estrés, por detrás sólo de la pérdida del cónyuge. Hay que tomarlo en serio, porque todos sabemos muy bien que lo primero que asoma la cabeza en una situación de crisis como la actual es el miedo, la inseguridad, la incertidumbre, la preocupación…, es decir todos los síntomas de este mal del siglo XXI que ya se tiene por el mayor enemigo de la salud en las sociedades modernas.

Pero, ¿qué es en realidad el estrés? Para empezar, se trata de una condición inherente a todos los organismos vivos. Sin esas descargas súbitas de hormonas que alteran de inmediato la fisiología, las criaturas no podríamos reproducirnos ni defendernos de los ataques. Suponen, desde luego, un enorme desgaste fisiológico y emocional, pero al tratarse de situaciones extraordinarias y ocasionales, la erosión es asumible y no puede hablarse de patología.

¿Cuál es, entonces, el origen del estrés patológico? Por sorprendente que parezca, se trata se una respuesta psicológica y emocional a las múltiples adversidades que nos impone la vida actual, y que van desde el hacinamiento en el que se vive en las grandes urbes, hasta la contaminación acústica y ambiental; desde la angustia económica de los malos tiempos hasta la incertidumbre de futuro que genera; desde la falta de seguridad afectiva que padecen muchos individuos hasta la feroz competitividad del sistema.

En efecto, el sistema de vida actual ofrece golosas compensaciones a aquellos adeptos que inmolan su juventud a los dioses del éxito en el altar de la prisa, e ignora hasta el desprecio a quienes prefieren instalar su campamento al otro lado de la locura y el frenesí. ¿Cómo explicar a jóvenes triunfadores, ebrios de arrogancia, que el éxito en la vida no consiste en tener más dinero que el vecino, el mejor coche o mayor índice de ventas? ¿Cómo sugerirles que lo que cuenta, lo que resume el éxito, es la paz de espíritu, el bienestar interior, el equilibrio y la armonía? Sin entender esto, nadie puede escapar al estrés.

Aceptemos, aunque sólo sea por coherencia, que los caminos de la placidez, el equilibrio y el buen juicio resultan indeseables en una sociedad que necesita la velocidad para mantenerse en el aire, que no puede aflojar su ritmo porque se vendría al suelo con estrépito. La cuestión que debemos plantearnos ante las crisis que nos asuelan -la económica y personal- es si estamos dispuestos a cambiar nuestra actitud ante las cosas. La respuesta es muy importante porque el estrés se ha convertido ya en un síndrome psicosocial que requiere una respuesta colectiva, aunque sus síntomas se manifiesten y los sufra el individuo.

Sería un grave error limitarse a cambiar las estructuras financieras, económicas y empresariales del mundo para superar la crisis sin modificar nuestras actitudes personales, porque el estrés, recordémoslo no lo producen las circunstancias, sino la manera en que nos enfrentamos a ellas.

Sólo el individuo puede salvar al sistema. Hoy más que nunca necesitamos personas centradas, equilibradas y capaces. El reto que tenemos por delante es aprender a superar el estrés, una tarea que las empresas no pueden obviar porque su futuro depende de ello.

Por Francisco López-Seivane

Escritor y conferenciante de Thinking Heads

Para más información: http://www.thinkingheads.com/

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