Empresas en busca de la ética perdida

«Conjunto de normas morales que rigen la conducta humana». Con esta asepsia define el Diccionario de la RAE la palabra ética casi dos milenios y medio después de que Aristóteles, padre del eudemonismo –o búsqueda de la felicidad–, sentara las bases de una de las doctrinas filosóficas más importantes de la Humanidad, la ética.  Sin embargo, no aparecía en los libros de estrategia de Enron ni, desde luego, en el diario personal de Bernard Madoff. Si quiera su experiencia reciente ha servido para que los dueños de la economía mundial, hoy en pleno descalabro, escribieran una referencia a ella en su cuaderno de notas.

Ése es el motivo por el que la Asociación para el Progreso de la Dirección (APD) acaba de celebrar la conferencia ‘Nuevos valores, nuevos liderazgos’, en la que ningún invitado dejó de entonar su ‘mea culpa’ a la hora de hablar de crisis. «El octavo pecado capital es vivir para y por la cuenta de resultados», reconocía Enrique Sánchez, presidente de Adecco, mientras apuntaba de nuevo a la historia de la que muchos empresarios no han querido aprender. Fernando Ruiz, su homólogo en Deloitte, recordaba la separación entre organización y sociedad producida durante estos años y en la que «cualquier fin justificaba los medios». Y ha sido esta última la que también ha terminado por aceptarlo y olvidar sus principios morales. «Echamos la culpa a los de dentro, pero también hay que evaluar nuestro comportamiento», comenta. En un aparte, Ana Cuevas, profesora de Ética Empresarial en la Escuela de Negocios San Pablo CEU. Esta experta en dirección financiera trae a la memoria el caso de Fórum Filatélico y cómo la mayoría de sus clientes «aceptó unas reglas de juego en las que claramente había gato encerrado». Pero entre un4% y un 10% de interés hay dinero, estatus… a los que no se quiere renunciar. «Todos tenemos metas, pero lo que hay que evitar es que te enganchen»», asegura.

Principios globales

Antonio Garrigues, presidente de Garrigues Abogados y Asesores Tributarios, habla de esa adicción que ha heredado nuestra sociedad «de la borrachera financiera anglosajona» y que han hecho propia, entre otros, los empresarios inmobiliarios españoles. No en vano, la crisis del ladrillo ha sido una de las principales causas de nuestra caída en el ‘ránking de corrupción’ de la ONG Transparencia Internacional (desde el puesto 28 al 32). «Además, los políticos no están dando la seguridad que sociedad y empresarios necesitan –proseguía en APD–. Y aunque después de todas las crisis, España ha salido reforzada, hoy la radicalización y el pesimismo se han convertido en derechos cuestionables». «Los comportamientos no éticos son estúpidos porque hemos comprobado una y otra vez que no garantizan nada. Mentir, a la larga, no funciona», concluía.

Pero, ¿qué principios deben regir a sociedad y a empresa? La respuesta para el presidente de la APD, José María Aguirre, es clara, «los mismos», porque, aunque desde esta última se vean como lastre, «garantizan una estructura de conducta en base a la que actuar». El filósofo Fernando Savater, para quien toda riqueza es social y, por tanto, implica una responsabilidad, enumera las conquistas del proceso. «La autonomía, la solidaridad, la cooperación, la tolerancia, y la educación. La sociedad es una empresa en la que todos somos socios», decía el filósofo cerrando el debate de la Asociación. «El problema está en que hasta que no se deje de admirar al que consigue millones fácilmente y sigamos llamando ‘pringado’ al que trabaja 15 horas al día para llevarse apenas mil euros al mes, no adelantaremos nada», dice Ana Cuevas, quien dejó un importante cargo en una empresa inmobiliaria para trabajar, por un 25%menos de su salario, como directora financiera de la Fundación Síndrome de Down. Pero ella, que recuerda a sus alumnos que no debe haber nada de lo que no puedan hablar con familia o amigos como muestra de comportamiento ético, reconoce que aún hay muchos frentes abiertos. Desde los de las escuelas de negocios –»muchas de ellas enseñan al alumno a ser un tiburón capaz de matar para conseguir su objetivo», advierte– hasta la misma sociedad a la que la empresa le debe su razón de ser. «Somos cortoplacistas y, por eso, somos unos especuladores», reprocha.

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