Rosetta Forner 

Por Rosetta Forner, escritora y conferenciante de Thinking Heads

Amasar dinero, conseguir premios, prestigio social… a costa de haber renegado de nuestra singularidad no es éxito, sino fracaso estrepitoso. Aunque cada uno está en su derecho a apuntarse el tipo de triunfo que quiera.

Ante nosotros tenemos dos opciones: (a) pensar según nos indican, y (b) pensar según decidamos y consideremos. La opción (a) es aparentemente la que más placer nos proporcionará, puesto que no tendremos que pelearnos con nadie para lograr abrirnos camino con sus indicaciones. En cambio, la (b) se nos antoja atractiva, pero peligrosa. ¿Peligrosa? Sí, peligrosa porque nos conduce a un camino de no retorno, ya que, una vez saboreada la libertad y la genialidad, nunca más nos negaremos a abdicar de nuestra singularidad. El triunfo está relacionado con el talento natural. Triunfar supone mostrarle al mundo que uno lo tiene.

No existe más limitación que la queramos imponernos a nosotros mismos, y toda aquella que estemos dispuestos a permitirles a todos esos que cruzan, invitados o no, los caminos de nuestra vida: «Los perdedores siempre tienen una excusa, los ganadores siempre tienen un plan». De nada sirve culpar a otros de nuestros males, si no hacemos nada para variar la situación. ¿Estamos dispuestos a hacer lo que hay que hacer con tal de lograr la meta u objetivo deseado? Todos y todas estamos en nuestro derecho a querer mejorar, alcanzar el éxito profesional, lograr nuestros sueños. Pero, dado que a nadie le regalan nada, independientemente de que se sea hombre o mujer, mucho más productivo sería si nos centrásemos en analizar qué y cómo hay que hacer para lograr el objetivo en vez de malgastar energías en lamentarnos de esto o de aquello. El lamento no debe durar más de cinco minutos, y sólo para tomar conciencia de que «algo» no nos gusta. Es más productivo analizar qué podemos hacer para lograr la meta anhelada, esto es, cómo contribuimos por acción y por omisión a los resultados no deseados en nuestras vidas. Las crisis ni vienen ni se van solas.

La dignidad en el mundo laboral anda tan perdida como en el mundo relacional de pareja, amistades y familia. Recuerde, para salir de la crisis: el secreto está en el genio.